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Acarreando mieses por la carretera

Si macho, Lucero; o Noble, o Reverte, o... Los nombres de las mulas eran igual de sonoros. El ganado mular, sufrido y adaptado a las duras condiciones de esta sierra, fue insustituible en las labores del campo; en todas. La yunta era imprescindible para romper, binar, arar, sembrar, acarrear, trillar... La del acarreo hasta las eras no suponía uno de los mejores trabajos para estos animales: hasta dos horas y media de mal camino con 6/8 haces en las salmas.

    En la foto de 1905 el camino es carretera y la yunta se ha quedado en media, pero la tarea sigue siendo dura bajo el sol de las seis de la tarde del mes de julio. ¿Desde dónde venía? ¿De Humañera? ¿De encima de La Serna? Tal vez de las piezas que se ven al fondo a ambos lados del barranco de Valdetejuelas.

    Con la emigración el censo de caballerías fue descendiendo en forma paralela al de la población (116 caballerías en 1960, 57 en 1969). Hasta que quedaron en algo testimonial.

             
             


Ofrenda a los bienhechores

La fotografía es de uno de los años 20, recién estrenada la estatua. Fue hecha con casi con toda seguridad el día 9 de septiembre, segunda jornada de las fiestas y que se dedicaba a los bienhechores de Soto, es decir, a aquellas personas que habían creado alguna de las numerosas fundaciones en el siglo XIX y en los primeros años del XX.

    Había misa mayor y, a continuación, niños y niñas de las escuelas con sus respectivos maestros al frente, el Ayuntamiento en pleno y pueblo en general -con banda y música- bajaban hasta la plaza donde los niños depositaban en la base de la estatua de D. Juan Esteban de Elías un ramo de flores cada uno, el párroco rezaba un responso, y el alcalde daba los vivas de rigor.

    A continuación, desde el quiosco de la música, una o varias personas pronunciaban discursos o recitaban poesías alusivas al acto o a temas soteños en general. En la foto que nos ocupa, el orador es D. Leopoldo Elías, Regente que fue de la Escuela Normal de Logroño y que tiene en Soto dedicada una calle.

             
             


El Cascajar a principios del siglo XX

Es D. José España Puerta, Senador vitalicio que fue y creador de una fundación en el pueblo, el que da nombre oficial a este paseo. A pesar de ello nunca ha perdido el descriptivo nombre de El Cascajar.

    En la orilla derecha del río Leza, ha quedado inundado en varias ocasiones con motivo de crecidas fuertes del río o del barranco, sobre todo cuando han coincidido en el tiempo las dos.

             
             


Llegada del coche de línea

La ropa tendida en la inmensa solana del cuartel indica vida. Eran más de cinco las familias que residían en él.

Junto a la piedra que marcaba el punto kilométrico 32 , la Fuentita llenando, lenta pero incansable, cántaros, barriles, baldes o calderos.

El primer edificio que se adivina a la izquierda es el que D. Pascual Madoz señalaba como una de las ermitas situadas dentro del pueblo; en realidad era más que una ermita: se trataba de una institución con funciones de asilo. El nombre popular era Nuestra Señora y, vacía ya, aún permanecía en pie en 1939.

Las aguas del río, sin duda crecido, movían todavía las maquinarias de las fábricas de paños, como la que aparece al final de El Cascajar.

Y el coche de línea; punto de atención diario, por supuesto.

             
             


El Cuartel

El cuartel de la Guardia Civil estuvo en funcionamiento hasta los primeros años cincuenta. Eran entonces cinco números más un cabo y estaban a cargo de una amplia zona de la sierra. El cuartel era un enorme caserón en el que vivían los guardias con sus familias. En la foto se ve la inmensa solana de seis arcos bajo el tejado a dos aguas; había mucha ropa que tender o frutos que secar, no cabe duda.

    A ambos lados del río, sendos regadíos que llegaban hasta las últimas huertas de Soto; uno nacía en el pozo del Molino y el otro en el Mateíto. El de la izquierda ayudó, alrededor del año 60, a extraer esencia de lavanda. Se segaba el espliego -abundante en el término- y en una enorme caldera cerrada se cocía; el vapor atravesaba un alambique sumergido en ese regadío y se recogía en un recipiente como agua y esencia de lavanda que flotaba sobre ella.

    Al fondo, en el río, se ven las paredes de lo que fue una de las últimas fábricas de paños; y arriba, la primera de las eras de la Cuesta.

             
             


Electra María

Electra María a principios del siglo XX, y Electra Milagros a mediados. Fue éste uno de los pueblos que antes tuvo luz eléctrica en las casas. El edificio de la Electra es el de la derecha, en la cabecera del pozo del Molino, donde se encontraba la turbina. La cascada señala el sobradero de la acequia. En el comienzo del término de La Cuerda estaba el depósito, estanque que almacenaba el agua que luego serviría para producir electricidad o moler.

    En invierno había luz desde el anochecer hasta el amanecer, tanto en las calles como en las casas. El problema solía estar en los veranos, cuando escaseaba el agua y la almacenada durante todo el día se gastaba en poco más de una hora. Había que utilizar entonces otros utensilios para alumbrarse, utensilios que puedes ver en el etnomuseo.

             
             


Hacia 1932. Posando para la posteridad



             
             


Estatua a D. Juan Esteban de Elías.

Se trata de una fotografía de 1920, de cuando se inauguró dicho monumento a uno de los más importantes bienhechores de Soto, el día 9 de septiembre.

    La estatua es fruto de una doble suscripción popular que tuvo lugar entre octubre de 1917 y agosto de 1920. Los donativos fueron hechos por 489 personas -residentes, oriundos y simpatizantes de Soto-, siendo la mayor aportación en metálico 322 pts, y las más pequeñas -las de varios niños y niñas de las escuelas-, de 5 céntimos. 88 personas entregaron su donativo en pesos americanos. Dentro de la misma campaña, hubo también dos funciones infantiles de teatro que consiguieron una recaudación de 171,35 pts, una vez descontados los gastos.

    Según la Comisión Ejecutora, formada por siete personas, entre las dos suscripciones que se hicieron y los intereses abonados por la casa de Banca, se llegó a la suma de 13.726,87 Ptas; de ella se había gastado, en octubre de 1920, 12.467,20. Las 1.259,67 ptas de remanente, se emplearán, según lo acordado, en la compra y colocación de la verja al monumento, en el letrero y gastos de estas circulares. Por eso la verja y el letrero son posteriores a la inauguración y no figuran aún en esta imagen.

             
             


Fábrica de hilados

La carretera vieja -recuperada como paseo en 1999- ya era tal, y la nueva, unos metros más arriba, luce sus jóvenes nogales, tal como la otra salida del pueblo.

    La fábrica de hilados de D. Nemesio Andrés se encontraba en la margen derecha del Leza y enfrente del Hoyo de Vallejo. Aprovechaba con usura las aguas del río junto a la fábrica de arriba, las que estaban al final de El Cascajar y los molinos repartidos a lo largo de cuatro kilómetros.

    A la otra parte del cauce, y protegido por un vallado de piedra, el tendedero. Allí -buena solana, ciertamente-, se tendía y secaba la lana. Había otros tendederos en La Cuesta, cerca de otras fábricas.

    A día de hoy, recuerdo de esta edificación -desaparecida en un incendio- son las paredes que recogen pequeños huertos y -buen trabajo el del cantero- el cubo de piedra que almacenaba el agua que luego movería las máquinas.

             
             


Fábrica de arriba

De la enorme actividad que tuvo la industria de la lana en Soto, lo último que se recuerda es la fábrica de arriba y la fábrica de abajo. La de la fotografía es la primera. Como su nombre indica, estaba situada aguas arriba, debajo de la carretera una vez pasado el puente de Valderraquillos, uno poco más arriba de lo que fue la presa que recogía el agua que, a través de la acequia de La Cuerda, llegaba al molino y a la turbina de la electra.

    Perteneció esta industria a un censo que, a principios del siglo XIX, aún englobaba 7 fábricas de hilar lana, más de 11 batanes y tintes, y 3 molinos harineros.

    Al fondo se adivinan las casas más altas del pueblo y la ermita; levantando la vista, la cima de la Cucurucha con sus 1145 m. sobre el nivel del mar.

             
             


Fachada con horno

No había en Soto horno comunal. Por eso la mayoría de las casas tenían su horno propio para cocer las hogazas o tortas (rara vez bollos) de pan. Para ganar sitio o para evitar incendios muchos de estos hornos -ubicados habitualmente bajo el tejado- volaban sobre la fachada: son las panzas que sobresalen apoyadas sobre maderos. No tenían chimenea; era la boca su única apertura y la salida de humos estaba sobre ella dentro de la casa.

    También vuela sobre la fachada de la foto un elemento original: un retrete que había conseguido reducir el gasto de agua a cero. Apoyado en dos pequeñas zancas, estaba formado por tres estrechas paredes y un tejadillo. Eso por fuera. Dentro, una fuerte tabla con un agujero en forma de círculo de diámetro apropiado a las circunstancias, y a través del cual se veía el barranco, formaba una especie de trono. No se decía lo de ¡Agua va! porque era algo más. No se llamaba nunca al fontanero; y no hacía falta ambientador porque entre el susodicho agujero y la pequeña chimenea que hay en el tejadillo se establecía una corriente de aire que lo hacia innecesario. Retretes de este tipo sólo eran posibles, claro, en las casas que hundían sus cimientos en el río o en el barranco. Por razones obvias, en las demás estaban prohibidos, salvo que diesen al corral.

             
             


Fuente de la plaza

Se trata de una fotografía de alrededor de 1908. Pero lo que es la fuente ha cambiado muy poquito desde entonces.

    Levantada en 1837, es una bella construcción simétrica en piedra caliza labrada. El cuerpo central tiene seis caños (dos en cada cara) y un pilón corrido que desagua en otros dos pilones laterales destinados al ganado. A ambos lados, cierran la construcción sendos arcos.

    Antiguamente recogía el agua del manantial de Cadme por medio de una tubería cerámica de cerca de 2 kilómetros. Era la misma tubería que surtía de agua al depósito que se utilizaba para el lavadero comunal, (primero de dos pozos divididos por una pared y que abarcaba lo que después sería lavadero con pilas y grifos para lavar de pie y matadero) que estaba en la planta baja del Casino. Hasta la traída del agua a las casas (1961), fue, con la Fuente de los caños, elemento vital del pueblo. Para llevar el agua se utilizaban habitualmente cántaros de barro que transportaban las personas en unos casos y las caballerías en las angarillas o aguaderas en otros. El desgaste que presenta la piedra junto al caño mozo nos habla de su historia de más de 150 años.

             
             


Haces en la pieza

Los haces estaban formados por las gavillas que se habían ido dejando sobre la pieza al segar. Doce haces hacían una carga; y entre seis y diez cargas (dependía del tamaño de los haces) formaban la parva, cantidad de mies que se trillaba en una jornada. Fácil es deducir el trabajo que suponía la siega.

    Los haces se ataban con vencejos. Hacer los haces tenía su arte. Había que atarlos bien; de otro modo se esbalagaban. Se tendía el vencejo abierto en el suelo y se iban colocando encima las gavillas, unas con las espigas hacia un lado y las otras al revés, hasta que hubiera las necesarias. Se juntaban los extremos del vencejo, se retorcían juntos y se pasaban por debajo del mismo vencejo con la ayuda del garrotillo. Los haces quedaban listos para el acarreo.

    Los vencejos, reservados tras la trilla, al invierno siguiente servían para chumarrar el cochino el día de la moraga. Se sembraba poco centeno, pero -como se ve- se aprovechaba bien.

    No son piezas donde no pueda entrar el ganado, pero en alguna de ellas la yunta, cuando araba, debía salir al camino para dar la vuelta..

             
             


Molino en la Cárcara

El río está seco, como corresponde a los meses de verano; pero del cárcavo del molino sale el agua que a través de la acequia que pasa por el pozo de la Peña hueca llega de aguas arriba. La misma agua era aprovechada por varios molinos y la cubada de uno servía para llenar el cubo del siguiente, que en este caso estaba un poco más abajo, en la margen izquierda del río. Porque en verano, para poder moler, había que esperar a que se llenase.

    Arriba, debajo de la carretera vieja, se ve una de las 10 eras que, para ahorrar tiempo, había dispersas por toda la jurisdicción. Aparte de su función natural, sirvió muchas veces (en los años 30, por ejemplo) como destino de las excursiones que, la tarde de los jueves, hacían las niñas de la escuela.

    Y el sitio no puede ser más espectacular: comienzo de la Cárcara, arranque del Cañón del río Leza. Las paredes que sujetan la poca tierra a la pendiente hacen que todo el monte parezca una inmensa escalera. Un buen recorrido por estos parajes se hace cuando se va a las huellas de los dinosaurios.

             
             


Molino en la Cárcara (b)

Se trata del mismo rincón que el de la fotografía anterior, ahora visto a través de una fotografía disparada el 4 de agosto de 1925 á las 8 de la mañana desde la era de Casto á la Virgen del Cortijo.

Arriba se ven las traseras de la ermita y de los pajares de las eras. Luego, el corte de la Cárcara, el río y el comienzo (o final, según se mire) de lo que luego sería el Camino de los castaños y ahora marca el comienzo de una de las rutas para senderistas. Y junto al molino, una de las últimas huertas que bordeaban el cauce desde Cillas (ahora bajo la presa) hasta el comienzo del cañón del Leza.

             
             


Puente sobre el barranco y casas

Arquitectura popular: puente de piedra sobre el barranco, casas de hasta siete alturas trepando por la pendiente, empedrado de las calles.

    El barranco de los Aidos (Barranco del Hayedo, en su nombre oficial) ha dividido al pueblo en dos zonas. Para salvarlo había tres puentes: uno de cemento junto al edificio de las escuelas (englobado hoy en la cubierta de cemento que se hizo hace unos años) y dos de piedra: el de la Fuente de los Caños y éste que vemos.

    Las casas, con puerta a la calle abajo y puerta a la calle de arriba, muestran sus solanas, bien en línea con la fachada y bajo el tejado principal, bien sobre ese tejado y metidas más adentro.

    El puente aún conservaba en la foto el empedrado típico de las calles pendientes: paneles de cantos pequeños separados por cancillos de 5-10 cm de altura, que servían de freno a los patinazos de las caballerías además de disimular la pendiente. Pueden verse aún calles empedradas de esta manera en la parte alta del pueblo y otros empedrados más artísticos en el pórtico de la iglesia.

             
             


Sobradero de la acequia y carretera

Mucho ha cambiado este rincón. Después de esta fotografía se construyó la electra junto al antiguo edificio del molino; y los dos dejaron de funcionar hace ya muchos años.

    También ha cambiado la zona de la carretera. La Cruz de Juanicón, que se adivina en la hornacina a la derecha, está a buen recaudo para protegerla de amigos de lo ajeno. De madera tallada, suponía la segunda estación en el camino hasta la ermita de El Campo del viacrucis de los domingos de la cuaresma; hace ya algunos años que fue sustituida por otra en cerámica. Las lluvias de marzo de 2015 derribaron pared, hornacina y cruz.

    Arriba, la mayor concentración de pajares del pueblo, la nevera, ermita de El Campo y el cementerio nuevo con un primer ciprés que quiere asomarse por encima del muro.

    Y no son palmeras, aunque lo parezcan, los árboles que casi desde el río alcanzan la carretera; se trata de chopos recién podados. El podador, hacha al cinto, trepaba hasta la punta y luego iba descendiendo cortando rama a rama hasta dejarlos de esta guisa. ¿O se disparó esta foto en septiembre pocos días después del enrame? Mucha rama se nos antoja.

             
             


Vista general en los años ochenta

El color de la fotografía y los coches en la plaza ya nos dicen que su antigüedad es relativa. Son los primeros años ochenta del siglo pasado y nos sirve para ver la gran transformación que ha habido en la zona de la plaza desde entonces.

No se había cubierto aún el barranco y se ve el puente que unía Plaza y Placita. Aunque da la sensación de arco, son las sombras: se trataba de una plataforma recta de cemento con barandillas de hierro a ambos lados. Para pasar desde el puente hasta el Cascajar sin atravesar Portales, había que bajar al lecho del barranco y subir la pequeña escalera de piedra que se adivina a la izquierda.

El barranco fue cubierto en dos fases: primero se derribó muro y poyo y se hizo el actual aparcamiento en la calle Marqués de Vallejo; años más tarde se cubrió la parte de detrás de las antiguas escuelas.

             
             


Vista general en 1897

Cerca de mil personas vivían por entonces en Soto. Así que se ven muchas casas y pocos terreros. La falta de cipreses en el Cementerio viejo permite ver dos construcciones: el panteón y la capilla.

    En la cabecera del barranco de los Aidos aún no se ven pinos, que no serían plantados hasta cerca de cincuenta años después. Y aún quedan, al final de El Cascajar, edificios de la industria lanera.

    Aún no están las acacias que hubo en la plaza durante gran parte del siglo XX, que serían plantadas en 1907. Lo que se ve claro es que en ese momento se estaba celebrando un emocionante partido de pelota en el frontón.

             
             


Vista general desde la Virgen

Las hojas que aparecen en el ángulo superior derecho tienen que pertenecer a los abuelos de los actuales olmos que brotan en la pared. La enfermedad aún no había hecho mella en ellos.

    Lo que vemos abajo es casi lo que vemos hoy, pero con algunas diferencias: el Hospital de San José, hoy Albergue juvenil con el mismo nombre, estaba en funcionamiento; también las eras de El Campo, que suben hasta Llano (un llano con un desnivel que invalida el nombre, pero para eso estamos en un pueblo de sierra); los edificios junto a la Fuentita, han cambiado: desapareció Ntra Señora, ermita con funciones de asilo hasta los primeros años del siglo XX. Su campana, cuyo sonido llegaba a las fábricas de arriba y a las de abajo, marcaba a las seis de la tarde el final de la jornada.

    Y cuando los únicos usuarios de la carretera eran carros, caballerías o automóviles sin aire acondicionado, los árboles a ambos lados -nogales habitualmente- eran de agradecer. Es lo que vemos en la salida hacia Valderraquillos.